He vivido el último mes y medio en Yelatown, en el corazón de Vancouver, en un onceavo
piso de un edificio moderno, con gimnasio y sauna privadas. Tenía a mano toda
la ciudad, incluyendo parques y playas. Y sin embargo no lo he disfrutado como debiera. He tenido unos días un poco de bajón. Supongo que se
han juntado muchas cosas: tres meses ya aquí y echas de menos a tu gente, tu inglés no te permite desenvolverte como quisieras... pero
especialmente he sufrido de golpe el choque cultural.
Y ahora no me refiero a cuestiones de alimentación o de
limpieza, sino a la forma de comportarse las personas, de relacionarse y de entender
las reacciones de los demás. Ya lo he dicho en muchas ocasiones. Aquí las cosas
funcionan de otra manera. Nunca me he sentido tan europeo como ahora. En Europa
hablamos diferentes idiomas, pero tenemos una forma de ser y de ver las cosas
que nos unen más de lo que creemos.
Una vez en downtown mi objetivo era intentar integrarme.
Vengo para aprender inglés, vivir una experiencia nueva y trabajar aquí. Estoy
solo. Conozco gente de la escuela y a otros españoles que han venido al igual
que yo. Pero quería salir de esa burbuja confortable e intentar hacerme un
hueco en la ciudad.
| Vista de Yaletown, con el Science World y el estadio de los Canuts |
Pero conocer gente aquí resulta desesperante. Ya me lo
advirtieron en algún comentario tiempo atrás. Hablar con alguien en la calle es
fácil. Son muy amables. Pero conseguir entrar en su círculo se convierte en una
tarea ardua y complicada. Ya de por sí la cultura anglosajona es mucho más fría
que la latina, pero en Vancouver se debe de acentuar todavía más. La ciudad
tiene fama de ser difícil para los newcomers
(los recién llegados), sean extranjeros o no, en contraposición a la otra costa
canadiense, donde ciudades como Toronto o Montreal se consideran más friendly.
Por un lado los vancouveritas son mucho más solitarios que
los españoles. Gustan de tener su espacio y tiempo para ellos mismos. Es
frecuente ver a la gente sola en parques y playas. Pero lo que más me llama la
atención es cómo los grupos de amigos son infranqueables, cómo cada uno de sus
miembros protege la estabilidad del grupo, no permitiendo entrar en él a
cualquier conocido. Por eso no pienses que conocer a un local le va a abrir las
puertas a tu vida social. Como un imbécil me he quedado en varias ocasiones,
cuando al proponer ir a la playa o salir por la noche, me contestaron que iban
a ir con sus amigos, sin abrir la posibilidad de poder unirme a ellos.
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| Encrucijada en una intersección en el centro de Vancouver |
Pero recibir una contestación así es en algunos casos lo
mejor que te puedes esperar. Me ha resultado bastante frustrante en algunas
ocasiones enviar mensajes a personas con las que había llegado a pasar toda una
tarde hablando de lo divino y de lo humano y no recibir respuesta.
Y no. No soy un bicho raro. Hablando con otros españoles
aquí, o incluso latinos o europeos, la sensación es la misma. Ellos mismos lo
admiten, especialmente los que son viajados y conocen Europa o Latinoamérica.
Incluso una profesora en clase lo explicó. “Que un vancouverita te diga que te va
a llamar para hacer cualquier cosa no quiere decir nada. No te hagas ilusiones
ni te lo tomes a mal, porque lo más seguro es que no lo haga”.
Los vancouveritas no son directos. Y si eres de los que no saben si un gallego sube o baja en una escalera, aquí las pasarás canutas. Te lo digo yo que de Galicia vengo. Es difícil saber qué es lo que quieren exactamente. Y necesitarás tiempo para lograr interpretar sus códigos. Como ejemplo, las disculpas que he recibido de mis estudiantes para dejar las clases. Uno de ellos me ha dicho que no podía volver porque había roto con su pareja, que su objetivo de aprender español era para viajar juntos y que, una vez rota la relación, venir a las clases le suponía un auténtico sufrimiento. Todo ello explicado en un detallado y extenso email.
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| Efectivamente, la gente también es la ciudad |
Y otra cosa que me desespera es la necesidad de establecer
citas a largo plazo. “Te viene bien quedar el viernes a las 4, dentro de 15
días?”. “Espera que hablo con mi secretaria… Y yo que sé, si todavía no sé que
voy a hacer mañana”. En Vancouver apenas hay espacio para la espontaneidad.
Necesitan su tiempo. Les gusta tener todo controlado. Y hacer amigos
lentamente. Esa es una de las respuestas que tuve, cuando me dio por preguntar
si había hecho algo que hubiera molestado, tras notar cierta frialdad después de haber pasado una tarde de cafés y charla. “Todo está ok. No hay ningún
problema, pero prefiero hacer amigos lentamente”.
Ahora bien, a ver cómo sabes cuándo es eso realmente lo que
piensan, o simplemente son excusas para salir del paso. A veces creo que es lo
primero y otras lo segundo. Lo difícil es saber cuándo es una cosa y cuándo es
la otra.
Por supuesto, esto son generalidades. Forman parte de la
cultura vancouverita, pero también hay excepciones y la experiencia de cada uno
es distinta, como en todo. Supongo que poco a poco uno se va acostumbrando y le resulta más
fácil descifrar lo que quieren decir con su comportamiento.
Por cierto, ya me he mudado por tercera vez en solo cuatro meses. Bye bye, Yaletown! Hello, West End!





































