¿Cuántos años tienes? Es la pregunta
maldita que me hacen mis compis de escuela. Y después la reacción a mi
respuesta... “Ohh! So old!” Con ese “Ohh” largo que pronuncian los asiáticos de forma tan expresiva cuando se sorprenden...
Y es que mi edad, 36 años, no es la más usual de las personas que vienen a Vancouver a aprender inglés. Es cierto que sí que hay algún japonés jubilado, algún chino emigrante que lleva años viviendo en Vancouver pero que aún está pez con el idioma o españoles como un servidor que salen del país en busca de nuevas oportunidades, pero la mayoría son jóvenes en torno a los 20 años, que todavía están estudiando en la universidad o lo van a hacer. Ahora en verano incluso comparto clase con algún teeneger de 15 años...
Y es que mi edad, 36 años, no es la más usual de las personas que vienen a Vancouver a aprender inglés. Es cierto que sí que hay algún japonés jubilado, algún chino emigrante que lleva años viviendo en Vancouver pero que aún está pez con el idioma o españoles como un servidor que salen del país en busca de nuevas oportunidades, pero la mayoría son jóvenes en torno a los 20 años, que todavía están estudiando en la universidad o lo van a hacer. Ahora en verano incluso comparto clase con algún teeneger de 15 años...
Aquí tenéis un vídeo promocional de la escuela, donde se ven las instalaciones y el ambiente:
Y, claro, aquí paso casi siete horas
al día. Y algo se tiene que pegar. Yo no me veo a mí sino que a quien veo es a
ellos, por lo que no es de extrañar que, como le he dicho a una amiga al preguntarme
por mi edad, cada vez estoy más joven. Y es que venirte a estudiar inglés, te
rejuvenece, te hace volver a años atrás cuando tu vida consistía en decidir qué
querías ser de mayor. “¿Qué vas a hacer cuando se te termine la visa?”, es lo que nos preguntamos aquí.
Cada día conoces gente diferente,
tanto en la escuela como fuera de ella. Ayer tomé un café con un iraní, que me
contaba lo mucho que añoraba su país y lo bien que vivía allí (ese país que
desde Europa vemos casi como si fuera el infierno). Anteayer estuve hablando
con un compañero de clase de Arabia Saudita, un chico de 20 anos con un look occidental muy informal, explicándome
que incluso en Vancouver rezaba 5 veces al día y lo que significaba para él la
religión. Y otro día, después de una presentación, una compañera de Taiwán me leyó los rasgos de la cara para hablarme sobre mí, mi pasado, mi presente y
mi futuro… Y no la vi nada desencaminada.
En cada clase tenemos un mapamundi y
otro de Canadá. El mundo es muy grande, ¡sí señor! Y creo que en Europa pecamos
de eurocentrismo. No vemos mucho más allá del Mediterráneo. Latinoamérica
también me parece cada vez más atractiva. Vancouver está llena de brasileños,
de brasileños ricos, como me comentaba hace unos días una brasileña.
Curiosamente son brasileños blancos, muy blancos, incluso rubios y pecudos. Brasileños
que miran a Europa de tú a tú, o incluso por encima del hombro. Nada que ver
con el estereotipo de brasileño/a mulato/a meloso/a que tenemos en España. Y es que,
por lo visto, en Brasil la diferencia económica entre blancos y negros
desgraciadamente todavía debe de ser muy grande.
En fin, que me encanta esta
sensación de sentir que el mundo es tan grande y tan diverso, de cambiar los
estereotipos que tenía, de sentir que hay muchas puertas abiertas y de que vuelvo a tener
25 años. Sí, esa es la edad que me echó un compañero japonés hace unos días (lo
que tiene más mérito, porque los asiáticos parecen mucho más jóvenes de lo que
son). ¿Por qué no? Con la ventaja de tener una trayectoria detrás y
mucha más experiencia.



